Cuenta una vieja leyenda que un viejo hechicero creó un viejo baile que enamora, y cuando se dice que enamora no quiere decir que llega dentro de las almas de los espectadores que la contemplan, sino que concede a los bailarines la oportunidad de recibir el amor eterno. Los años pasaron y la leyenda del viejo mago no desapareció, como ocurre con otras leyendas. Fue todo lo contrario, los más conocidos esotéricos de la televisión que emitían sus predicciones, horóscopos y hechizos, retransmitieron un día la leyenda.
Fue entonces, después de escuchar los horóscopos del día de un horroroso martes a las tres de la madrugada, cuando una famosa danzadora, una chica de pelo rubio, ojos enamoradizos, carácter afable y bello rostro, escuchó la leyenda e interesada buscó como conseguir los pasos de baile para hacer realidad su sueño: enamorarse. Porque a pesar de ser bella y hermosa, de tener amantes, novios y ligues nocturnos, nunca se había enamorado.
Obtuvo los pasos de baile y las partituras. El baile era compuesto en dos. En el centro los bailarines que danzaban independientes al resto de otras parejas procedentes de distintos países y continentes, situada alrededor, en un círculo, de los protagonistas. Comunicó a su amigo sobre el hechizo. Él era escéptico en absurdas leyendas mágicas y tampoco le interesaba enamorarse, él ya la amaba ella no lo sabía.
Prepararon la danza con mucho esfuerzo, recorrieron el mundo para seleccionar parejas bailarinas y ensayaron para el baile con el pretexto de hacer una función en el centro de la plaza. La danza fluyó y en su perfecta realización y una enorme diosa apareció en medio de la pareja central. Algunos de los bailarines extras huyeron al ver a la gran diosa, otros curiosos se quedaron y algunos solo esperaban cobrar su dinero por haber bailado y luego irse. La señora diosa, una horrorosa mujer que parecía una imagen de Marilyn Monroe dibujada por Disney, de ojos saltones, labios mohosos, nariz respingona y la mirada de aquellas personas que parecen haberlo escuchado todo y no haber oído nada. La señora, les explicó los pros y los contras del hechizo, especialmente los contras puesto que había recibido muchas denuncias de hechizos que aunque tuvieron el mejor efecto, a largo plazo los consumidores no quedaban satisfechos. La pareja aceptó el trato y, por lo tanto quedaron eternamente enamorados.
Pasaron días, meses y años. La pareja era feliz. Ella conoció el sentimiento del amor en su corazón; él lo siguió conociendo, ahora más profundamente. Todo era espectacular, las luces eran rosas, los pájaros eran lindos y etcéteras. Se querían y el mundo dejaba de dar vueltas para que los amantes vivieran unidos, fornicaban, comían y dormían. Solo hacían eso porqué con el dinero de ambos se podían costear toda la eternidad o, al menos, eso creían.
Todo iba fantasticamente hasta que uno de los dos se le ocurrió salir de la casa donde ambos estaban encerrados. Quién sabe qué se le paso a él por la cabeza pero después de salir de la sala le entró una sensación de bienestar y, a la vez, de falta de posesión y de control sobre ella, puesto que desconocía que haría ella si él se marchaba. Sus fantasías le inundaban de un inexistente miedo. Cuando más lejos salía de la casa mas pensaba que ella huiría, se iría o le dejaría. No confiaba en ella, al fin y al cabo, él sabía que ella siempre había tenido muchos amantes. Su miedo se convirtió en rabia que se convirtió en angustia que se convirtió en odio y volvía, otra vez con el miedo. Él quería salir pero estaba atado.
Ella, en cambio, cuando él se marchaba, creía envejecerse más rápido, se veía fea, abandonada. Su luz se apagaba, lentamente. Creía que él se marcharía y no volvería a venir jamás y entonces una gran soledad le envenenaba el cuerpo, aunque entendía que él necesitaba su libertad. Tenía miedo al abandono.
Pero ambos se querían y mucho. Tanto era el poder del amor que querían pertenecerse y empezaron a comerse entre sí. Ahora un poco de pierna, ahora el hígado. Eso sí, con salsas sabrosonas de Gallina Blanca para condimentar. De este modo los amantes se quedaron solo con sus huesos.
Al cabo de un tiempo, decidieron que estaban hartos de estar juntos, aunque se quisieran. El dinero para vivir se había agotado y la emoción de estar encerrados fornicando todo el día se había deteriorado. Querían desenamorarse.
Contrataron, otra vez, a bailarines y volvió a aparecer la diosa, siempre con el mismo rostro. Los dos amantes esqueléticos pidieron el desamor y ella indignada les hizo recordar sus anteriores advertencias y les dijo que tenían solo dos opciones: seguir enamorados y mantener la vida o desenamorarse y obtener la muerte, porque los muy idiotas habían devorado de amor sus cuerpos.
Fue así, cuando el amante dejó caer rápidamente la elección de la muerte porque una eternidad era demasiado. Ella, en cambio, miró con desilusión y le preguntó porqué. Entonces discutieron largo rato mientras la diosa se tomaba el cóctel en el bar de la plaza. Él explicó a la esquelética chica que no podía soportar cada palabra, ni mirada pero tampoco podía abandonarla porque estaba enamorado. Ella permaneció en silencio, entre la tristeza y la impotencia, y le pidió a la diosa des-hechizarlos y darles muerte porque prefería la muerte a un corazón roto.
La diosa les concedió el deseo y aquel par de esqueletos que habían hablado, bailado y fornicado juntos se abrazaron con tristeza y fuerza durante largo rato (exactamente media hora) para caer después inertes en el centro de la plaza. Poco a poco, los cotillas de la plaza se fueron marchando hasta dejar la plaza vacía y la luz del sol se dejo caer hasta hacerse de noche.
Arxivat a Un xic de relat, Un xic de tot